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Medio Ambiente

La sobrepesca, ¿la archienemiga de los ecosistemas marinos?

Por Juan Sebastián Giraldo Gutiérrez

Publicado el 04 de Diciembre de 2019.

Hace poco, en el magazine Ecology Letters, científicos del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia divulgaron un asunto desolador: en un futuro próximo, por causa del cambio climático, se extinguirá el Amphiprion ocellaris o pez payaso, que hace más de una década cobró fama por la divertida película Finding Nemo.

Pero, ¿cuál es la razón para incluir al pez payazo en la lista de especies amenazadas? Según los biólogos, su limitada capacidad evolutiva le impide adaptarse a los cambios bruscos en su entorno.

Sin embargo, el cambio climático es solo uno de los enemigos de los ecosistemas marinos. Hoy, hay un terrible mal al acecho. Pero, ¿cuál es?

Además de la hecatombe que supone el cambio climático para los mares, hoy la sobreexplotación marina es una amenaza más para los ecosistemas marinos.

Pero, ¿cómo repercute la pesca industrial sobre la biodiversidad marina?

Hoy, la sobrepesca es quizá el factor que tiene mayor responsabilidad en la desaparición de especies que habitan en los ecosistemas marinos, pues esta práctica consiste en la captura en proporciones desfasadas, lo que produce que estas especies no se puedan reproducir.

Con respecto a la sobrepesca y sus efectos, es clave traer a colación algunos de los antecedentes históricos que han marcado el tema, tal y como lo describió la publicación de la National Geographic: “La sobrepesca” —difundida en octubre de 2010—. Allí señalan que, a mediados del siglo pasado, las iniciativas internacionales enfocadas a la accesibilidad y al aumento de alimentos ricos en proteínas se tradujeron en decisiones de diferentes gobiernos orientadas a aumentar la capacidad pesquera. A raíz de ello, las políticas, los préstamos y subsidios, que tenían por objeto favorecer este aumento, multiplicaron con rapidez las grandes operaciones de pesca industriales, que pronto sustituyeron a los pescadores locales en su papel de proveedores de pescado y marisco en todo el mundo.

De esta forma, para la extracción de especies marinas, la industria pesquera se valió de métodos cada vez más agresivos como la red de cerco, el palangre y la caña con cebo vivo. Lo anterior, según la National Geographic, desembocó en mecanismos avanzados que permiten detectar y extraer especies de una forma cada vez más eficiente, y de manera simultánea dio como resultado la comercialización masiva de diferentes peces a precios accesibles, además del acoplamiento de los consumidores a esta tendencia.

De esta forma, para la extracción de especies marinas, la industria pesquera se valió de métodos cada vez más agresivos como la red de cerco, el palangre y la caña con cebo vivo.

Así, la comercialización masiva de productos marinos trajo consigo un altísimo costo ambiental.

Por ejemplo, en 2015, el Instituto Español de Oceanografía (IEO) documentó la merma de las poblaciones de atún rojo. Según el IEO, la pesca intensiva de ejemplares inmaduros fue la causa que precipitó la disminución acelerada de esta especie.

Hoy, sin embargo, hay otros fenómenos, entre ellos la acidificación de las aguas, que repercuten de manera negativa sobre la vida de las diferentes especies en el mar, tal y como lo describe Andrew Hudson en su artículo “Acidificación de los océanos: ¿qué es y cómo detenerla?” —publicado en 2017 en el blog del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)—. En este texto, Hudson señala el impacto de los gases del efecto invernadero sobre los océanos: “De hecho, debido a la alta capacidad de absorción de CO2 propia de los océanos, hay aproximadamente 60 veces más CO2 en los océanos que en la atmósfera”.

Por ejemplo, en 2015, el Instituto Español de Oceanografía (IEO) documentó la merma de las poblaciones de atún rojo. Según el IEO, la pesca intensiva de ejemplares inmaduros fue la causa que precipitó la disminución acelerada de esta especie.

Así, de acuerdo con lo señalado por Hudson, la acidificación de los océanos tiene dos consecuencias perjudiciales para la vida de los océanos. La primera es la reducción del fitoplancton —que es la base de la dieta alimenticia marina—, arrecifes de coral, mariscos y moluscos que necesitan que el pH del agua sea más básico, ya que a través de la fijación de calcio y carbonato del agua logran formar carbonato de calcio y así sus conchas y esqueletos. Sin embargo, cada vez que el pH del agua se vuelve más ácido, la capacidad de carbonato disminuye, y “por debajo de ciertos niveles de pH es imposible para estos organismos crear sus conchas y esqueletos”. Y, la segunda consecuencia es que la acidificación de los océanos puede alterar procesos vitales en la vida marina tales como la respiración, la alimentación e incluso la reproducción.

En su artículo “La pérdida de la biodiversidad marina se acelera” —publicado en noviembre de 2006 en la revista Science—, Boris Worm y colaboradores señalaron que quizás para el año 2048 se agoten los alimentos provenientes del mar.

Ante un panorama tan trágico, aún hay una luz de esperanza para revertir esta tendencia, que consiste en delimitar las zonas oceánicas en las cuales se debe prohibir toda actividad humana, y de esta forma estos ecosistemas se podrán recuperar.

Por lo expuesto hasta este punto, es urgente adoptar medidas que favorezcan la conservación de las especies marinas.

Entonces, ¿cómo atenuar la crisis ambiental que afecta los ecosistemas marinos? Hoy, las organizaciones ambientalistas proponen un par de medidas: la fijación y el monitoreo de cuotas de pesca, y la legislación de regulaciones para la industria pesquera. Pero, ¿existe la voluntad política para lograrlo?