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Ciencias Sociales

“La Belle Époque”, Europa antes de la Primera Guerra Mundial

Por Habemus

Publicado el 18 de junio de 2020.

Después de la hecatombe de la Primera Guerra Mundial, algunos autores, tras una mirada retrospectiva, nombraron los tres lustros anteriores al conflicto bélico como “La Belle Époque”. Por ello, nace la pregunta: ¿cómo era Europa antes de la Gran Guerra?

En 1914, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Europa completaba casi un siglo de haber sufrido el último conflicto bélico de escala continental: las Guerras Napoleónicas. Y cuatro décadas de haber superado la última contienda entre Francia y Alemania, la Guerra Franco-Prusiana.

Así, después del desastre de la Primera Guerra Mundial, algunos autores, tras una mirada retrospectiva, nominaron los tres lustros anteriores a la Gran Guerra como “La Belle Époque” —en francés, y traducida “la época bella”—.

De hecho, en su ensayo “La Belle Époque” —publicado en 1982 por The Metropolitan Museum of Art of New York—, Philippe Jullian escribió: “en sus memorias, el ingenioso dibujante inglés Osbert Lancaster narró la actitud deportiva de los soldados hacia la guerra, un talante que llegó a su fin solo con el horror de las trincheras en 1914”.

Según Lancaster, esa actitud era producto de una generación habituada a la victoria y que solo, hasta el inicio de la Gran Guerra, conoció la infelicidad.

Pero ¿cómo era Europa antes de la Primera Guerra Mundial?

1900 fue el año de la Exposición Universal de París. Este hecho marcó un vuelco positivo en las actitudes europeas. A partir de aquel evento, de repente, el pesimismo de la última década del siglo XIX dio paso a un súbito optimismo: el XX sería el siglo de la electricidad, una “hada” que hechizó los fantásticos pabellones de la Exposición Universal. El siglo XX sería lo opuesto al XIX, periodo que había languidecido bajo la oscura huella del carbón, un mineral extraído dolorosamente de la Tierra.


También, lea el artículo: «La Primera Guerra Mundial: el catalizador político que sacudió las fronteras de Europa».


Además, pronto, la euforia de “La Belle Époque” fue alentada por las mejoras en los niveles de bienestar que se filtraron desde las clases altas hasta las medias, entre ellas: el incremento de la cobertura en servicios públicos como la electricidad, el agua, el alcantarillado y el transporte urbano, además de las formas cada vez más variadas de recreación.

Por supuesto, en medio de aquella atmósfera de bienestar, se gestó un clima ideal para la creación de grandes obras artísticas. “La Belle Époque” fue el tiempo de Marcel Proust —autor de la novela En busca del tiempo perdido— y de Claude Debussy —compositor de “Clair de Lune”—, en gran medida, sus estéticas se impusieron sobre la sociedad europea de aquel entonces, en la cual, la belleza era primordial.

En el ensayo antes citado, en referencia a la “Ciudad de la Luz” en la “La Belle Époque”, Jullian señaló que “París nunca había tenido tal número de teatros, de salas de música, de grandes restaurantes o de cafeterías. Y, además, en el sur, las provincias siguieron este movimiento; Tolouse, por ejemplo, era conocida como la Atenas de la Tercera República”.

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En esta fotografía, que reposa en el archivo de The Metropolitan Museum of New York, el autor registró la atmosfera social de Paris en la Belle Époque. | Imagen: The Metropolitan Museum of New York .

Además, en el oriente de Europa, en el corazón del imperio austrohúngaro, palpitaba la otra capital de “La Belle Époque”: Viena. Allí, los valses, las operetas, las mascaradas y las obras maestras como “Der Rosenkavalier” —ópera de Richard Strauss y libreto de Hugo von Hofmannsthal— iluminaron el horizonte artístico. De hecho, la atmósfera cultural y la imperturbabilidad de Viena antes de la Primera Guerra Mundial era tal que, en algunas líneas, el escritor austriaco Stefan Zweig definió este periodo como “la edad de oro de la seguridad”.

Sin embargo, no toda la población compartía el optimismo y la frivolidad de las élites. Para muchos europeos, este momento histórico no era tiempo de ensueño. Por ejemplo, para los mineros de Lancashire (en Reino Unido), las tejedoras de seda de Lyon (en Francia), o cualquiera de los millones de individuos clasificados entre los pobres, “La Belle Époque” era solo una fantasía lejana.

Además, en el oriente de Europa, en el corazón del imperio austrohúngaro, palpitaba la otra capital de “La Belle Époque”: Viena. Allí, los valses, las operetas, las mascaradas y las obras maestras como “Der Rosenkavalier” —ópera de Richard Strauss y libreto de Hugo von Hofmannsthal— iluminaron el horizonte artístico.

De hecho, pese a los avances tecnológicos y científicos, el supuesto progreso no terminó con las disparidades sociales que legó la Revolución Industrial. Por ello, en referencia a “La Belle Époque”, cabe mencionar el primer párrafo de la novela Historia de dos ciudades —de Charles Dickens—: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos (…) la era de la luz y de las tinieblas”.

Así, en su obra El mundo del ayer, Zweig resumió en un breve párrafo su fe en Europa antes de la Gran Guerra: “Nunca he amado tanto a nuestro Viejo Mundo como en los últimos años antes de la Primera Guerra Mundial, nunca he confiado tanto en la unidad de Europa, nunca he creído tanto en su futuro como en aquella época, en la que nos parecía vislumbrar una nueva aurora. Pero en realidad era ya el resplandor del incendio mundial que se acercaba”.

Y, de repente, en 1914, la euforia de aquellos lustros se vino abajo con los asesinatos en Sarajevo. Aquellas balas fueron la chispa que encendió el polvorín. Y, pronto, los homicidios fueron la excusa para inflamar rivalidades añejas: entre Austria-Hungría y Rusia, entre Alemania, Francia e Inglaterra.

Hoy, la génesis de la Primera Guerra Mundial aún está envuelta en una cierta bruma. Y, sin duda, desde entonces, como lo anticipó Zweig —en su obra El mundo del ayer—: “Europa no volverá a ser en décadas lo que fue antes de la Primera Guerra Mundial”.

De hecho, en 2014, en el documental “Apocalipsis: la Primera Guerra Mundial” —coproducción de CC&C Idéacom International, France Télévision y TV5 Québec Canada—, el narrador Mathieu Kassovitz se hizo una pregunta —todavía pertinente—: ¿Qué locura se apoderó de los austriacos, de los serbios, de los rusos, de los alemanes, de los franceses y sus colonias, de los británicos y su imperio, de los italianos, de los japoneses, de los turcos?

Aún hoy, en lo que refiere a la Primera Guerra Mundial, al mirar las consecuencias monstruosas de aquel conflicto bélico, aquel interrogante todavía persiste.