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Educación

La Primera Guerra Mundial: el catalizador político que sacudió las fronteras de Europa

Por Habemus

Publicado el 10 de Junio de 2020.

El mapa político de Europa sufrió una abrupta transformación en 1920. ¿La razón? La entrada en vigor del Tratado de Versalles y la firma de un conjunto de acuerdos entre 1919 y 1920 que reconfiguraron las fronteras de las naciones europeas tras el ocaso de la Primera Guerra Mundial, entre ellos: el Tratado de Sèvres sustituido por el de Lausanne, en 1923, el de Neuilly-sur-Seine, el de Trianon y el de Saint-Germain-en-Laye.

En el artículo “El fin de la inocencia” —publicado en julio de 2014 en el diario español El Mundo—, los periodistas Alberto Rojas y Maite Vaquero resumieron en un brillante párrafo la génesis de la Primera Guerra Mundial: “Sólo el azar explica que, fracasado el primer intento de asesinar al archiduque Francisco Fernando de Austria, su chófer lo llevara al hospital para que lo curaran de sus heridas leves y, acto seguido, se perdiera de vuelta y regresara, sin pretenderlo, a una de las calles en las que se escondía, armado con una pistola, uno de los agentes nacionalistas que habían intentado matarlo horas antes. Era Gavrilo Princip, del grupo terrorista La Mano Negra. Un disparo lo alcanza a él y otro a su esposa, que estaba embarazada. Fueron las dos primeras balas de la Primera Guerra Mundial”.

No obstante, en aquel entonces, ni los líderes políticos ni los medios de comunicación imaginaron las repercusiones de aquellos balazos que, a posteriori, marcarían el “canto del cisne” para cuatro de los imperios que —durante siglos— rigieron los destinos de la humanidad.

En los meses que siguieron después de los asesinatos en Sarajevo, los movimientos de la diplomacia internacional se encaminaron a echarle gasolina al fuego. Y, pronto, se crearon dos bandos. El primero, integrado por Alemania y el imperio austrohúngaro —al que luego se sumaron el imperio otomano y Bulgaria— y, el segundo, conformado por Francia, Rusia y Serbia —al que después se anexó Reino Unido—.

Desde un minúsculo país de los Balcanes se exportó un conflicto que saltó a casi todos los rincones de Europa. Así, un par de asesinatos en Sarajevo fue la chispa que provocó el estallido de una guerra mundial, una confrontación que llevó a millones de hombres a luchar por años en trincheras.

Tres años después de las dos muertes, ya en medio de la Primera Guerra Mundial, el hambre, la inflación y el descontento social provocaron un terremoto político que sacudió la tierra de los zares: la Revolución Rusa de 1917. Pero, poco después de este hecho, tras el encarcelamiento de la familia Romanov, a los bolcheviques aún les faltaba alcanzar sus objetivos, pues en medio de aquel conflicto bélico era imposible cumplir lo prometido en las Tesis de Abril expuestas por Lenin —paz, pan, tierra y libertad—.

En los meses que siguieron después de los asesinatos en Sarajevo, los movimientos de la diplomacia internacional se encaminaron a echarle gasolina al fuego. Y, pronto, se crearon dos bandos. El primero, integrado por Alemania y el imperio austrohúngaro —al que luego se sumaron el imperio otomano y Bulgaria— y, el segundo, conformado por Francia, Rusia y Serbia —al que después se anexó Reino Unido—

Y, precisamente, en medio de la Primera Guerra Mundial, los fantasmas inculcados en aquella promesa fueron la antesala de un conjunto de negociaciones. Fruto de las reuniones, en marzo de 1918, después de tres meses de discusiones, cinco naciones firmaron el Tratado de Brest-Litovsk, un acuerdo suscrito entre Bulgaria, Rusia y los imperios austrohúngaro, alemán y otomano.

De hecho, en su libro «Tratado de Brest-Litovsk de 1918: Frenazo a la Revolución, Guy Sabatier señaló que el tratado supuso pérdidas enormes de territorios que estaban bajo la influencia de Rusia, entre ellos: Polonia, Lituania, Estonia, Ucrania y Finlandia —que, poco después, se declararon como naciones independientes—.

Así, tras la firma del Tratado de Brest-Litovsk, Rusia se retiró de la Primera Guerra Mundial.

No obstante, las cesiones territoriales negociadas en ese tratado fueron solo el comienzo de las transformaciones en las fronteras y el mapa político durante el siglo XX.

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En 1911, el mapa político en el este de Europa estaba dominado por varias monarquías: los Romanov en Rusia, los Habsburgo en Austriahungria y los Hohenzollernen en Alemania.

Un año atrás, en enero de 1917, el cuerpo policial londinense Scotland Yard interceptó un telegrama, en el que Arthur Zimmermann —secretario de Relaciones Exteriores de Alemania— le ofrecía respaldo a México para que entrara en conflicto con Estados Unidos —un país que, hasta aquel momento, se había mantenido neutral en la Primera Guerra Mundial—. Con la propuesta, Alemania instaba a México a recuperar los territorios de Texas, Arizona y Nuevo México.

Después de ese controversial mensaje, en abril de 1917, en parte por la presión de la opinión pública, Thomas Woodrow Wilson —presidente de Estados Unidos de América (EUA)— anunció el envío de 133.000 soldados —tropa que, finalmente, participó en la Segunda Batalla de Marne, en el norte de Francia—. En aquel entonces, la decisión supuso una inyección de sangre fresca para la Triple Entente —el bando de Reino Unido, Francia y Rusia— que ya, para aquel momento, había sufrido la pérdida de millones de vidas humanas.

A partir de entonces, el balance militar cambió. Y, en junio de 1917, llegó a Europa la primera división de infantería procedente de EUA.

Tras años de luchas en las trincheras, en agosto de 1918, la derrota alemana en la Segunda Batalla de Marne marcó el principio del fin para los imperios centrales —la coalición de Bulgaria y los imperios alemán, austrohúngaro y otomano—.

Pero, la estocada final para Alemania llegó con la Ofensiva de Meuse-Argonne en la que, tras 47 días de batalla, los esfuerzos de guerra germanos se derrumbaron.

Incluso, en su libro Las Campañas del Ejército de Estados Unidos de América en la Primera Guerra Mundial —en el capítulo sobre Meuse-Argonne—, Richard Faulkner señaló que “la ofensiva Meuse-Argonne fue la más importante contribución militar estadounidense al esfuerzo aliado durante la Gran Guerra”.

Y, como un dominó que se derrumba en hilera, uno tras otro, los imperios centrales fueron derrotados. Bulgaria se enfrentó con Macedonia, el imperio otomano con Reino Unido —en Jerusalén y en Badgad— y el imperio austrohúngaro con Italia —en Vittorio Veneto—.

De hecho, ya para octubre de 1918, tras más de cuatro años de beligerancia y tres de negociaciones con Reino Unido, el imperio otomano accedió a la firma del Armisticio de Mudros, un acuerdo que le significó frenar sus ejércitos y poner los puertos, los ferrocarriles y otros puntos estratégicos bajo el mando de la Triple Entente.

Y, como un dominó que se derrumba en hilera, uno tras otro, los imperios centrales fueron derrotados. Bulgaria se enfrentó con Macedonia, el imperio otomano con Reino Unido —en Jerusalén y en Badgad— y el imperio austrohúngaro con Italia —en Vittorio Veneto—.

Además, dos meses después de la derrota en Marne, en Alemania estalló la Revolución de Noviembre —un conjunto de revueltas obreras que se extendieron en la nación germana—, tras la cual Guillermo II huyó a Países Bajos y, poco antes de la firma del Armisticio de Compiègne, el último káiser abdicó.

Finalmente, exhaustos, en cabeza de Friedrich Ebert —primer presidente de la República de Weimar—, los alemanes se rindieron. Y, en noviembre 1918, tras cuatro años de sangrientas batallas en las trincheras, la Primera Guerra Mundial llegó a su fin —con el Armisticio de Compiègne—. Sin embargo, luego del cese al fuego, prosiguió un conjunto de eventos: la Conferencia de Paz de París, y los tratados de Versalles, Saint-Germain, Trianon, Sèvres y Lausanne.

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En 1920, tras el ocaso de la Primera Guerra Mundial, tres grandes imperios se disgregaron en un conjunto de naciones más pequeñas: Austria, Hungría, Polonia, Yugoslavia, Checoslovaquia, Estonia, Letonia, Lituania y Finlandia.

Inmediatamente después de la firma de ese armisticio, tras pocos años en el trono, el último monarca de la Casa de Habsburgo, Carlos I de Austria y IV de Hungría, abdicó y, con ello, se produjo el inicio de la disgregación de un colosal imperio.

Sin embargo, el conflicto bélico no explica per se la caída de esa potencia imperial. De hecho, en su artículo “¿Por qué colapsó el imperio austrohúngaro? Una perspectiva de elección pública” -publicado en 2009 en la revista “Constitutional Political Economy”-, Dalibor Rohác se planteó un par de interrogantes: ¿el imperio austrohúngaro se desintegró por la derrota militar en la Primera Guerra Mundial? O, por el contrario, ¿fueron fallos estructurales en la monarquía dual?

Aunque en numerosos artículos científicos señalan a la Primera Guerra Mundial como la causa de la disgregación, Rohác afirma que la derrota en la guerra jugó solo un papel catalizador. En pocas palabras, el Gobierno austriaco no tenía otra opción que aceptar la independencia de los Estados recién creados.

Así, tras la abdicación de Carlos I de Austria y IV de Hungría, en 1918, numerosos territorios que hacían parte del imperio austrohúngaro empezaron una puja por su soberanía, entre ellos Checoslovaquia, Hungría, Rumania y Yugoslavia —una independencia que, finalmente, se oficializó en 1919, con los tratados de Saint-Germain en Laye y de Trianon—.

Finalmente, el 28 de junio de 1919, en las afueras de París, los dignatarios europeos se congregaron en el Palacio de Versalles para firmar uno de los acuerdos más odiados de la historia: el Tratado de Versalles. Y, aunque este pacto selló el fin de la Primera Guerra Mundial, por sus imposiciones draconianas posteriormente incubó un mal aun peor. Pero ¿cuáles son las razones?

La antesala de ese acuerdo fue un discurso conocido como “Los 14 puntos de Wilson” —pronunciado en enero de 1918 ante el Congreso de EUA—. En esta declaración, Thomas Woodrow Wilson propuso la creación de una “Asociación de las Naciones”, la independencia de Polonia, la reparación de los perjuicios causados a Francia por Prusia en 1871 —en el marco de la Guerra Franco-Prusiana—, el reajuste de las fronteras de Italia, entre otros. En pocas palabras, Wilson propuso la creación de un nuevo orden mundial.

Sin embargo, el supuesto espíritu de conciliación contenido en “Los 14 puntos de Wilson” pronto se envileció con las intenciones revanchistas de Reino Unido y de Francia en el Tratado de Versalles, un acuerdo que puso en jaque a la nación germana.

Así, tras su firma, la República de Alemania se comprometió a la cesión de Alsacia y Lorena a Francia, la entrega de Danzig, Prusia Oriental y Occidental a Polonia, la renuncia de sus colonias en ultramar —en África y en Oceanía—, la no aceptación de los territorios que Rusia le había cedido en el Tratado de Brest-Litovsk, la cesión de Heligoland y, por supuesto, la reparación económica por los daños causados a las naciones que conformaban la Triple Entente —una deuda que en 2010 Alemania logró saldar y que Jorge Marirrodriga narra en su artículo “La I Guerra Mundial acaba hoy”, publicado en octubre de 2010 en el diario El País de España—.


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Según rumores, tras la firma del Tratado de Versalles, Georges Clemenceau — en aquel entonces, presidente de la República de Francia—, al recibir el documento de rendición por parte de Alemania, dijo: “Bueno, esto es el final”. Y el historiador Arthur J. Toynbee, que allí estaba presente, masculló en voz baja: “No, esto es sólo el principio”.

Sin embargo, pese a los sinsabores para Alemania, las negociaciones con las demás partes continuaron. Y, poco después —también— el imperio austrohúngaro selló su suerte con la firma del Tratado de Saint-Germain en Laye, en el que se oficializó la separación de Austria y de Hungría, además de la pérdida de soberanía sobre Eslovenia, Bosnia, Herzegovina y Dalmacia.

Así, tras la Primera Guerra Mundial, el mapa político se transformó y tres grandes imperios se disgregaron en un conjunto de naciones más pequeñas: Austria, Hungría, Polonia, Yugoslavia, Checoslovaquia, Estonia, Letonia, Lituania y Finlandia. Sin mencionar, la pérdida de soberanía de Alemania sobre sus colonias en África.

No obstante, aún restaba un último imperio en disolverse: el otomano.

Y, precisamente, la estocada mortal para “El hombre enfermo de Europa” llegó dos años más tarde, en 1920, tras la firma del Tratado de Sèvres, cuando el imperio otomano perdió una gigantesca extensión de territorio, en especial en Asia, pues Siria, Mesopotamia —actual Irak— y Arabia quedaron bajo el dominio de Francia y Reino Unido.

Sin embargo, en 1923, en Suiza, el Tratado de Sèvres fue sustituido por el de Lausanne —tras la conclusión de la Guerra Franco-Turca—. Este acuerdo dio paso a la creación de la República de Turquía y a la fijación de sus fronteras con Grecia y Bulgaria. Además, en Lausanne, Turquía cedió el dominio de Libia, Irak y la Isla Adakale.

Así, con la suscripción de los tratados Versalles, Neuilly-sur-Seine, Trianon, Saint-Germain-en-Laye, Sèvres y Lausanne, la humanidad cerró el capítulo de la Primera Guerra Mundial. No obstante, algunos años después, el espíritu vengativo bajo el Tratado de Versalles condujo a un mal aun peor: la Segunda Guerra Mundial.