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Opinion

Algunos interrogantes sobre la inteligencia artificial

Por Yesica Giraldo Gutiérrez

Publicado el 26 de agosto de 2019.

Hace poco, la Deutsche Welle difundió el documental “Límites éticos para la inteligencia artificial”, que planteó una pregunta pertinente para nuestros tiempos: ¿Cómo manejamos los seres humanos nuestra relación con la tecnología?

Y es que, sin duda, quedaron en el pasado los tiempos cuando, para tranquilizar nuestra conciencia, nos decíamos que las distopías cinematográficas eran un imposible.

Hoy, pocas son las certezas de que la tecnología conducirá —inequívocamente— a la libertad, a la democracia o a la dignificación del ser humano.

Un ejemplo de lo anterior es la polémica Ley de Ciberseguridad aprobada por la Asamblea Nacional Popular de China en 2018. Con ella, el gobierno chino podrá instalar un arsenal de cámaras de vigilancia equipadas con reconocimiento facial e inteligencia artificial (IA) para identificar y monitorear a millones de individuos. Paul Mozur —en su artículo Inside China’s Dystopian Dreams: A.I., Shame and Lots of Cameras,publicado en junio de 2018 por The New York Times—, registra que para el investigador Martin Chorzempa “es, posiblemente, una manera completamente nueva para que el gobierno controle la economía y la sociedad”.

Además, en 2018, el escándalo Cambridge Analytica, protagonizado por una empresa consultora británica que se valió de la minería, el análisis de datos y la IA para crear una sórdida estrategia de contenidos digitales que tenía como objetivo manipular a la audiencia electoral, fue una sucia jugarreta que —según Philip Bump, en su artículo “¿Cómo Cambridge Analytica utilizó los datos de los usuarios de Facebook en la elección de Trump?”, publicado en marzo de 2018 por El Economista— influyó sobre los resultados del Brexit y las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2016.

Sin embargo, pese a los desesperanzadores titulares de los últimos años, la IA no es algo maléfico per se. En el último lustro, la IA ha probado ser una herramienta benéfica para acelerar los diagnósticos médicos, para personalizar las búsquedas online y para asistir la conducción de vehículos. Y es, precisamente, su potencial benigno, lo que debe motivar una reflexión ética que, en el fondo, nos debe interrogar sobre nuestra visión como humanidad y sobre el paradigma de un progreso tecnológico irrestricto.

Quizá, por ello, hace algunos meses la Comisión Europea presentó siete principios éticos para el desarrollo de la IA, entre los que se destacan expresiones como: la supervisión humana, la privacidad, la transparencia, la tolerancia, la sostenibilidad social y medioambiental, y la responsabilidad pública.

Hoy, mientras Norteamérica, Europa y Asia avanzan en el desarrollo de IA e inician discusiones sobre sus implicaciones, Latinoamérica escucha desde la distancia, quizá sin preguntarse cómo en pocas décadas la IA podría influir —tal vez de forma negativa— sobre la vocación productiva, la economía y el empleo en la región.

En el momento, la revolución de la inteligencia artificial y sus posibles implicaciones, conducen a una pregunta: ¿Cómo integrar la ética a la industria tecnológica y a la legislación que la regula, para que no sirva a ideales contrarios a la libertad y la democracia?