Cargando
Opinion

El desarrollo, ¿bienestar para unos pocos?

Por Juan Sebastián Giraldo Gutiérrez

Publicado el 13 de Abril de 2020.

Tras la Revolución Industrial, el crecimiento económico ilimitado se creía posible. No obstante, esta visión ha engendrado una mayúscula contradicción: con frecuencia, el desarrollo económico no conduce a la equidad o al bienestar común. Por ello, desde la década de 1970, Gro Harlem Brundtland introdujo el concepto de sostenibilidad. Pero, ¿qué significa aquello?

Sin duda, en las últimas décadas, uno de los términos más utilizados por los gobiernos y las organizaciones internacionales es “desarrollo”. Pero, dejando de lado su popularidad, ¿cómo se puede definir este concepto?

Una primera pista para su comprensión está en la “Declaración sobre el derecho al desarrollo”, adoptada en 1986 por la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En este texto, el desarrollo es concebido como un proceso económico, social, cultural y político que abarca todo y busca la constante mejora del bienestar de toda la población y de cada individuo.

Sin embargo, más allá de esa definición, con frecuencia nos enfrentamos a un concepto de desarrollo cimentado sobre la industrialización y el consumismo, que está íntimamente ligado con el crecimiento económico, el incremento de la producción industrial y la acumulación de riqueza, un capital que, tristemente, cada vez tiene una distribución más desigual.

Tradicionalmente, el concepto de desarrollo ha estado sujeto a la premisa del “crecimiento económico ilimitado”, en particular desde la Revolución Científica en el siglo XVI y que se acentuó, dos siglos después, en la primera Revolución Industrial.

En aquel entonces, un crecimiento económico ilimitado se creía posible. Un ascenso infinito edificado sobre la producción masiva de bienes y la explotación desmedida de los recursos naturales. Entonces, la Tierra era solo un objeto de explotación, sin vida propia. Y se sentaron las bases de un gran proyecto para el mundo, lo cual ha generado un sinnúmero de reacciones a medida que las distintas sociedades han presentado avances acerca del estudio de la Tierra, principalmente porque los recursos de la Tierra son limitados. Por lo tanto, un planeta con recursos limitados no puede aguantar un proyecto ilimitado.

Así, esta visión ha engendrado una mayúscula contradicción: con frecuencia, el desarrollo económico no conduce a la equidad o al bienestar común.

En este sentido, hace más de tres décadas apareció un elemento que, en adelante, acompañaría al concepto de desarrollo: la sostenibilidad. Pero, ¿qué significa esto?

En 1978, en el Informe Brundtland, Gro Harlem Brundtland —quien fue Primera Ministra de Noruega en tres ocasiones— afirmó que “la sostenibilidad es el desarrollo que satisface las necesidades del presente y sin comprometer la habilidad de las generaciones futuras de satisfacer sus propias necesidades”.

Aquello, no significa otra cosa que los límites de explotación de los recursos naturales que nuestra sociedad debe establecer en principio para garantizar la existencia de las generaciones venideras.

La sostenibilidad es el desarrollo que satisface las necesidades del presente y sin comprometer la habilidad de las generaciones futuras de satisfacer sus propias necesidades

Fragmento extraído del Informe Brundtland, de Gro Harlem Brundtland.

Ahora bien, el modelo estándar del desarrollo sostenible ha sido usado y pretendido por los gobiernos, las empresas del sector privado y diferentes actores. Un modelo donde el desarrollo, para ser posible, debe ser económicamente viable, socialmente justo y ambientalmente responsable.

Es evidente que las consecuencias del sistema masivo de producción y consumo han sido nefastas desde los enfoques económico, social y ambiental. Además, el crecimiento económico no necesariamente implica bienestar social, pues generalmente propicia el enriquecimiento desmesurado de unos pocos y, con frecuencia, la brecha entre pobres y ricos cada vez se hace más grande.

En este mundo de competencia voraz, cada vez son menos las posibilidades de las personas en condiciones de pobreza para hacerse a un futuro digno. Además, la producción y el consumo de bienes están terminando con los recursos finitos, destruyendo la biodiversidad y limitando los recursos de otras sociedades.

Los diferentes gobiernos nos han vendido la idea de un desarrollo íntimamente ligado a un crecimiento económico, a un incremento de la actividad productiva y a un irrefrenable consumo, y paralelamente tratan de implementar un conjunto de estrategias que integran al sistema algunos componentes de sostenibilidad, tales como aumentar la productividad de las tierras, mediante la optimización de espacios y la utilización de químicos, la promoción de la fabricación y el consumo de productos biodegradables y la vigilancia de los recursos utilizados en procesos de la industria.

Y, al analizar esa propuesta, queda la sensación de que puede ser amigable con el medio ambiente. Sin embargo, ese enfoque me suscitó dos objeciones.


También, lea el artículo: «Ser líder ambiental en América Latina, ¿una labor mortífera?».


La primera es que en ese enfoque no se establecen límites a la explotación de los recursos naturales para dar oportunidad a la restauración de los ecosistemas. Y la segunda es que ese modelo económico seguirá siendo el artífice de una desigualdad social, entre una élite minúscula que posee una inmensa riqueza y una gran mayoría que no la tiene.

Por ello, dada la mayúscula inequidad social, ese modelo económico presenta una sostenibilidad engañosa.

Precisamente, con respecto a la desigualdad social, cuatro décadas atrás, el economista Amartya Sen formuló un interrogante al parecer simple pero que entraña complejidad: ¿igualdad de qué?

Con esa pregunta, en pocas palabras, Sen se encargó de esclarecer “las cosas que nos importan para construir el futuro”. Con ello en mente, quiero aclarar que no solo el dinero es importante para construir un futuro, ya que generalmente se suele analizar la desigualdad en un terreno meramente económico. En este sentido, hay que resaltar que evidentemente existe una desigualdad en el ámbito económico, y que también coexisten desigualdades en otros aspectos fundamentales como la educación, la salud y el respeto de los derechos humanos, tal como lo expuso la ONU en el “Informe sobre Desarrollo Humano 2019”.

 Por ello, en mi opinión, la desigualdad no es un problema causado —de manera unidimensional— por el bajo crecimiento económico, sino por el poder, el exceso que tienen unos pocos y la falta de poder de muchos.

Para culminar, es necesario cambiar nuestro paradigma y entender que la competencia entre nosotros solo va a dar como resultado el beneficio desproporcionado de unos pocos. Además, entender la crisis actual del cambio climático y el agotamiento de los recursos debe servir para darnos cuenta de que somos parte de la madre Tierra y que nuestros actos deben ir en armonía con ella para que se mantenga un equilibrio que nos permita vivir y satisfacer nuestras necesidades y las de las generaciones futuras.

Finalmente, tal y como lo advirtió la ONU —en el “Informe sobre Desarrollo Humano 2019”—: “Todavía estamos a tiempo de actuar, pero el reloj avanza. Cada sociedad es responsable en última instancia de determinar qué medidas desea adoptar para combatir las desigualdades del desarrollo humano”.