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Opinion

La revolución de lo lento

Por Yesica Giraldo Gutiérrez

Publicado el 10 de septiembre de 2019.

Hace algunos años compré un artefacto electrónico para ver televisión por streaming. Tras un año de la compra, el control remoto falló. Y antes de los dos años, cuando la garantía caducó, el dispositivo electrónico jamás volvió a encender. Una historia similar me ocurrió con un saco tejido que conseguí en Zara: en la segunda lavada, se desgarró en la lavadora.

Lo que subyace en ambas historias es la obsolescencia programada, un enfoque de mercado que consiste en reducir —cada vez— el ciclo de vida de los productos a periodos más cortos. Una estratagema que tiene como objeto incrementar el flujo de caja y el crecimiento en ventas de las compañías.

Pero, la obsolescencia programada ha evolucionado en la psicológica, que no es más que una apología a lo desechable, una lógica frenética que lo ha invadido todo: la lectura, los viajes, la alimentación, el diseño, el vestuario e, incluso, las relaciones interpersonales.

Ya, en 1962, en su novela utópica La isla, Aldous Huxley había enunciado los cimientos de la prosperidad de Occidente: los armamentos, la deuda universal y la obsolescencia.

En efecto, en 2016, la obsolescencia fue una de las culpables de los 44,7 millones de toneladas métricas de residuos electrónicos, una cifra consignada por C. P. Baldé y colaboradores en su texto The Global E-Waste Monitor 2017 —informe publicado por la Universidad de las Naciones Unidas, la Unión Internacional de Telecomunicaciones y la Asociación Internacional de Residuos Sólidos—.

Sin embargo, hoy, un conjunto de organizaciones propone un escape a los ciclos frenéticos de consumo. Una de ellas es el movimiento internacional Slow Food, que inició labores hace tres décadas y se propone luchar contra la desaparición de las tradiciones alimentarias locales, el auge de los ritmos de vida acelerados y el desinterés general sobre la procedencia de los alimentos.

Por otra parte, en su artículo The Case for Slow Design —publicado en febrero de 2015 en Medium—, Jesse Weaver escribió una reflexión en torno a la prisa en los procesos de diseño: “Nuestros productos finales son mínimos viables. Están impulsados “por la mano invisible del mercado, que exige incesantemente velocidad para que podamos exprimir algunas ventas más para el trimestre”.

Pero, la creatividad y la alimentación no son las únicas esferas humanas que buscan un escape a los ciclos frenéticos de consumo. Las amenazas que la lógica de la obsolescencia supone para la sostenibilidad ambiental y el bienestar emocional, han detonado la proliferación de un sinnúmero de organizaciones que promueven ralentizar el consumo, la alimentación, el diseño e, incluso, las relaciones sexuales.

Hoy, los movimientos slow nos cuestionan sobre el consumo frenético como un medio para apalancar el crecimiento económico y la presunción como una vía para la realización personal.