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Opinion

Las humanidades y las ciencias sociales, ¿los antídotos contra la viralización de la estupidez?

Por Habemus

Publicado el 04 de Diciembre de 2019.

Hace poco, la influencer Daneidy Barrera Rojas —conocida en el universo digital como “Epa Colombia”—, accionando un martillo, destruyó con ímpetu vidrios y equipamiento electrónico de una estación de Transmilenio en Bogotá. El video de este acto vandálico, ejecutado por Barrera en el marco del paro nacional que se adelanta en Colombia, lo difundió en las redes sociales para deleite de sus seguidores.

Un par de horas después del lanzamiento de la publicación, el video de la influencer bogotana ya había alcanzado varios miles de reproducciones.

Este video desconcertante, de 42 segundos de duración, ha desatado una fuerte polémica en Colombia.

Además, en los últimos días, la actuación de “Epa Colombia” ha servido como un caso de estudio en materia penal, pues para algunos la decisión judicial, de dictarle restricciones pero no castigarla con cárcel, es un reflejo de la lasitud de la ley en lo referente a ciertos delitos, como: causar un daño en bien ajeno o la instigación a delinquir.

Pero, más allá de las discusiones penales, el caso pone sobre la mesa un par de cuestiones que han pasado inadvertidas: la primera, la falta de ética de los creadores y la ausencia de una mirada crítica sobre la creación de contenidos digitales. Y, la segunda, las peripecias que algunos influencers están dispuestos a hacer para atraer la atención de sus fans.

Pese a la polémica, el caso de Barrera es solo una gota de agua en medio de un océano de tweets, de videos y de fotografías donde la mayoría de los influencers no usan su fama en pro de la racionalidad y el bienestar social, sino, más bien, para difundir temas banales, pueriles.

A diario, en YouTube, los usuarios de la red social reproducen más de mil millones de horas de video, pero muchos de los temas allí abordados son de contenido insulso. Por ejemplo, en Colombia, entre las elecciones populares en 2018 estuvieron: el reto de la gaseosa y las mentas, y el famoso desafío “Roast Yourself”. Además, a mediados de aquel año, un video en el que un par de adolescentes se aplicaron una mascarilla para remover los puntos negros alcanzó más de 20.000 reproducciones.

Así, nunca, en la historia de la humanidad, el público tuvo tal facilidad para la creación, la difusión y la visualización de contenidos digitales. Hoy, con un clic, un creador tiene acceso a una audiencia potencial de cientos de millones de individuos.

Sin embargo, con frecuencia, el volumen de los contenidos es directamente proporcional a la vacuidad de las publicaciones.

Pero, acaso, ¿la frivolidad y la imbecilidad que se perciben en muchas creaciones de contenidos digitales son una característica distintiva de nuestros tiempos o, quizá, son una consecuencia de las deficiencias del sistema educativo?

Dadas las circunstancias, no hay que descartar la veracidad de ambas hipótesis. Pero, sin duda, en lo referente a la relación entre la educación y la creación de contenidos digitales aún hay tela por cortar.

En las últimas décadas, en un sinnúmero de naciones, los sistemas educativos excluyeron o mutilaron de los currículos escolares la filosofía, las ciencias sociales y el lenguaje, en parte porque los entes gubernamentales las perciben como áreas prescindibles para el crecimiento económico de un territorio.

Por ejemplo, en Colombia, tras la aprobación de la Ley 115 de 1994, el Congreso de la República fusionó la enseñanza de la historia, la constitución política, la geografía y la democracia bajo el rótulo de “Ciencias Sociales”.

Sin embargo, estos controvertidos ajustes en los programas educativos también se están incentivando en otras naciones del mundo.

En su artículo Social sciences and humanities faculties ‘to close’ in Japan after ministerial intervention —publicado en septiembre de 2015 en Times Higher Education—, Jack Grove narró las polémicas que causó una directriz gubernamental que tenía como objetivo suprimir las ciencias sociales y las humanidades de las facultades de las universidades japonesas, en favor de lo que el primer ministro Shinzo Abe llamó: el afán de construir una vocación educativa que se adapte a las necesidades de la sociedad contemporánea. Además, en 2018, en España y Chile surgieron iniciativas ministeriales para excluir la ‘Historia de la Filosofía’ y la ‘Filosofía’ de la educación secundaria.

Sin embargo, hoy, pese a las absurdas iniciativas ministeriales y legislativas, es clave pensar en que las humanidades y las ciencias sociales son el bastión para contrarrestar la viralización de desatinos que arrastra la avalancha digital.

Pero, lo anterior nos conduce a señalar una contradicción: en estos tiempos, en los que abundan los medios de comunicación y escasean la elocuencia y el pensamiento crítico, ¿por qué los entes gubernamentales ven aquellas áreas del conocimiento como prescindibles en la educación secundaria?