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Opinion

Las teorías de conspiración, ¿una cuestión de fe?

Por Yesica Giraldo Gutiérrez

Publicado el 20 de agosto de 2019.

Cincuenta años atrás, la NASA publicó una fotografía que registró el alunizaje de la misión Apolo 11. En la imagen, a juicio de muchos, la influencia del viento provoca ondas en la bandera de Estados Unidos de América. Desde aquel entonces, la fotografía ha sido la manzana de la discordia entre la NASA y aquellos que creen que la misión Apolo 11 fue, en realidad, una conspiración orquestada por la Presidencia de Estados Unidos. Incluso, para algunos “conspiracionistas”, el filme que registro la breve caminata de Neil Armstrong en la Luna contó con la dirección de Stanley Kubrick.

Al respecto, hace poco, Roger Launius, historiador jefe de la NASA entre 1990 y 2002, calificó el debate como “estúpido” y se negó a participar en él.

Pese a los esfuerzos de especialistas por persuadir a los escépticos de la misión Apolo 11, los “conspiracionistas”, por lo general, encuentran algún inusual argumento para refutar la evidencia científica.

Con frecuencia, YouTube es el tablado donde se despliegan las teorías más extrañas. Desde los “terraplanistas”, un grupo de individuos que pertenecen a la organización Flat Earth Society y presentan argumentos para negar la forma esférica de la Tierra, hasta la teoría de los “reptilianos” que sostiene que las personalidades más influyentes de nuestro planeta son, en realidad, una especie extraterrestre que procede de un recóndito rincón del universo.

Pero, ¿qué subyace en la proliferación de teorías de conspiración?

Acaso, los “conspiracionistas” son solo un puñado de humanos imaginativos o, quizá, un grupo que tiene como objetivo sabotear los cimientos del statu quo.

Aunque la respuesta es incierta, las teorías de conspiración han logrado tal grado de influencia sobre la cultura popular que, hoy, la filosofía se ocupa de reflexionar sobre ellas. En efecto, el filósofo Matthew Dentith dedicó varios años a estudiarlas y concluyó que, aunque una amplia fracción son irracionales, esto no significa que algunas de ellas no sean verdaderas.

En su artículo The Problem of Conspiracism, Dentith señaló los problemas de las generalizaciones sobre las teorías de conspiración. Para ello, el autor citó el incidente del golfo de Tonkín de 1964, el escándalo de Ford Pinto de 1977, el caso Snowden de 2013 y el escándalo de emisiones de Volkswagen, que en efecto resultaron ser conspiraciones.

Lo anterior, me condujo al mismo interrogante que Dentith planteó en una de sus conferencias: ¿En cuáles teorías de conspiración deberíamos creer?

En la charla TED Just because it’s a conspiracy doesn’t mean it isn’t true, Dentith se aventuró a dar una respuesta: “Deberíamos creer en aquellas teorías de conspiración que proveen alguna evidencia científica o soportes documentales”.

Sin embargo, tras su aparente inocuidad, las teorías de conspiración menoscaban la confianza en las instituciones y en los hechos históricos. Además, uno de los efectos más indeseables es que ellas siembran un sentimiento de sospecha sobre el conocimiento científico y, con frecuencia, dan origen a distorsiones sobre la realidad.

Entonces, ¿en medio de este océano de contenidos digitales orientados a sembrar un sentimiento de sospecha, en qué deberíamos depositar nuestra confianza?

Quizá, una clave, es que, la confianza debe ser un ejercicio mediado por la razón en lugar de la especulación, en el que, la evidencia científica, los argumentos y los soportes documentales deberán ser los cimientos de nuestra credulidad .